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Un malentendido [Libre]

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Un malentendido [Libre]

Mensaje por Kaiser Beaumont el Mar 27 Jun 2017, 21:42

La noche hacía horas que había adornado la ciudad y como todas volvía a caminar a dos pies, era el único momento del día en el que me sentía realmente libre pero aun así si no me daba prisa en aprovecharlos cuando me diera cuenta volvería a estar sobre cuatro patas. No tenía un lugar concreto al que ir pero mayormente lo pasaba vagueando por la zona de la casa de Diana para de esa forma regresar conforme viera el sol salir, la pobre seguro que estaba como de costumbre nerviosa por mi paradero pero no era algo a lo que no estuviera un poco acostumbrada, hacía bastante tiempo que me había vuelto un ser de la noche ya que era entonces cuando realmente podía disfrutar de lo que quería que fuera mi vida y no esta maldición tan molesta que me hacía sentir miserable.

Mi olfato captó un olor dulce proveniente de unas calles más adelante y no dude en dejar que me llevara en dirección al placer, la calle estaba repleta de malos olores pero de entre todos desde luego al que más estaba acostumbrado era la sangre solo que esta parecía ser de humano. Sabía que hubiera sido mejor no acercarme en dirección al callejón que tenía ante mi pero era mi cuerpo el que acabó arrastrándome allí en busca del causante, poco a poco conforme entraba más en una esquina se pudo ver con claridad el cuerpo de un joven con un mordisco que parecía hecho por algo que sin duda alguna no era animal, me acerqué más para poder tocar las hendiduras profundas que tenía en el cuello y a pesar de que no tenía pinta de haber pasado hace mucho el cuerpo ya no tenía sangre que derramar salvo la que ya estaba en el suelo - ¿Cómo han hecho esto? - no entraba en mi cabeza por mucho que intentara encontrar una razón lógica porque realmente no la había, por detrás mientras andaba algo distraído noté la presencia de una persona más.

Me giré inmediatamente con las manos en alto en señal de inocencia, para cualquier persona que presenciara esta escena conmigo presente y parte de las manos manchadas con la sangre del susodicho seguro que se ponía en lo peor - Esto no es lo que te parece lo juro, solo pas.. iba por aquí y al acercarme he visto que estaba muerto, hay que llamar a la policía para avisar de esto pero no tengo tel... teléfono - me costó pronunciar las palabras sin confundirme pero tenía la esperanza de que la persona tuviera pues sería lo normal, lo que me preocupaba es que saliera corriendo por temor a que pudiera hacer lo mismo. Todo el rato me llevaba las manos a la cara lo que sin darme cuenta hizo que acabara con parte de esta roja debido a la sangre, había visto sangre, mucha más que la aquí presente pero lo único que me importaba era volver con mis dueños pues solo me traería problemas el que me culparan de todo esto.
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Re: Un malentendido [Libre]

Mensaje por Meiden Eluney el Mar 11 Jul 2017, 05:53

Era toda una visión divisar a la pequeña rubia corriendo entre los interminables callejones con una bolsa bajó su brazo derecho. Prácticamente no estaba robando, ¿pero entonces por qué huía?
Se había metido en otra pelea callejera. Nada del otro mundo: sólo quería un poco de diversión y se había prometido no hacer trampa. Que tampoco es que pudiera hacer mucho siendo una simple aprendiz. Odiaba poseer los conocimientos pero no la capacidad. Qué más daba. Las peleas siempre hacían que descargaran su frustración.

Pues bien, Meiden había ganado justamente. Las chicias de Queens pueden parecer increíblemente rudas pero al final no son más que unas charlatanas. Unas charlatanas que nunca viajan solas: sus pandillas siempre las acompañan. Así que cuando ella reclamó su premio nadie pareció muy contento en entregarle el dinero de la pelea. ¿Quién lo estaría? Cassie Evans tendría muchos moretones al día siguiente y quizás una costilla rota.
Mei no estaba de humor para enfrentarse con una pandilla. Su pequeña complexión pasó por los inmensos edificios que conformaban los cuerpos toscos de las chicas y tomó la mochila llena de dólares y emprendió una huida feroz. Nadie dudó en ir tras ella por lo que tuvo que correr increíblemente rápido — ella no era una buena corredora en absoluto—. De pura suerte encontró una bodega vacía, se introdujo dentro con un grácil movimiento y sólo le quedó esperar. Pensó que se cansarían de buscarla en una hora y con suerte, en menos.
Mientras tanto, contar sus ganancias no constituía una mala idea. Se sentó en una esquina silenciosamente y abrió el deshilachado morral. El cierre ya no funcionaba y las esquinas estaban desgastadas: nadie lo echaría de menos. Los ruidos de golpes en las láminas, pasos precipitados y gritos acompañaron el débil sonido del papel. Tendría como mucho 200 dólares. Sonrío con suficiencia.

Era tarde cuando abandonó la bodega: el cielo lo decía a gritos. Tomó su tiempo para recuperarse, tomar una siesta pequeña —a diferencia de sus hermanos, a Meiden no le molestaba dormir en un lugar infestado de ratas y cucarachas— y arreglar su atuendo. Si llegaba con moretones a lo largo de sus brazos harían preguntas. Se colocó el jersey que llevaba amarrado alrededor de la cintura y acomodó fuerte la mochila a su espalda. Estaba segura de que estaban cansados y resignados a encontrarlas así que, a pesar de caminar en un lugar peligroso, lo hizo tranquila. Y el camino de regreso hubiera sido igual. Pero los incidentes siempre se cruzan cuando menos lo esperas.

Texteaba sin ver el camino que se le tendía al frente, la mala costumbre se le había enraizado después de conocer los celulares. Tenía muchas cosas que ordenar para el día siguiente, notas que hacer, recados que mandar. Casi no escuchó los ruidos, hasta que se acercó lo suficiente como para no notarlos. La imagen de tanta sangre no le era ajena. Sólo le sorprendió que estuviera frente a sus narices y ella no lo hubiera olido. Se quedó silenciosa hasta decidir qué hacer. El hombre que acompañaba la escena parecía contrariado. Una pequeña sonrisa cruzó su rostro. Humanos, pensó, siempre tan inocentes y fáciles de impresionar. Urdió el pequeño plan casi sin querer.

— ¿Qué estás haciendo? —interrogó casi con tono incriminatorio. Por la cara y sus acciones, poco probable era que él fuera el causante del crimen pero a ella le pareció gracioso seguir alimentando las inseguridades del joven.

Paseó su mirada del cuerpo inerte al chico. Del chico al cuerpo inerte. Fingió atar cabos, fingió darse cuenta de una cruel verdad muy a pesar de los esfuerzos del chico por demostrar lo contrario. Abrió sus ojos como naranjas. Incluso ahogó un grito.
Dio dos pasos hacia atrás y negó con la cabeza.

— Llamaré a la policía —empuñó el celular como si fuera un arma mortal—. Aléjate—vociferó antes de alejarse otros cuatro pasos lentamente. Emuló la manera en que alguien marca con desesperación y miedo un celular—. ¿911? Encontré un cadáver—quebró la voz y fingió estar a la orilla del llanto—. Hay un hombre conmigo, yo creo que, creo que…—negó, lo miró, se alejaba cada vez más al parecer sólo detenida por su miedo—. Es un hombre verdaderamente inocente —afirmó con su tono regular, componiendo su rostro y dejando la actuación de lado. Bajó el celular y lo guardó en su bolsillo; por fin se acercó sin miedo al cadáver.

Cuando estuvo cerca, pudo evaluar la cetrina piel a detalle y esas dos pequeñas incisiones en su cuello. La sangre estaba fresca pero el cadáver tenía una apariencia patéticamente mortecina — Lamento si te espanté. Sólo bromeaba —musitó mientras se colocaba de cuclillas para ver el rostro del fallecido. Todo parecía apuntar la raza del culpable. Nunca los había visto pero aquello tendría que ser una prueba de su existencia, ¿verdad? Giro hacia él y le dirigió una mirada de arriba a abajo pensando que él no lucía como un vampiro, ni como un demonio, ni como un hechiero. Casi con decepción lo declaró humano en su mente—. Me llamo Mei —de su bolso trasero sacó un pañuelo y se lo ofreció. Con algo tenía que limpiar toda esa sangre. Le dolía tener que ofrecerle el perfumado color lavanda, pero el chico parecía en serio impactado. Se levantó del piso y se cruzó de brazos. —. Mi querido amigo, él está demasiado muerto. No nos conviene llamar a la policía. Harán preguntas. Nos rastrearan hasta mi celular. No tengo ganas de dar testimonios, ¿y tú?

La crudeza con que hablaba la chica era sin duda atípica. Le hubiera gustado calmar al hombre y decirle que podrían dejar una nota anónima en algún teléfono público. Sin embargo, le costaba. La muerte de ese hombre le daba igual. Su curiosidad por su cadáver resultaba meramente científico. Sólo esperaba que él quisiera tanto como ella evitar los problemas.
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